martes, 20 de agosto de 2013

Sonreír en la adversidad.

Siempre me he caracterizado por ser feliz y optimista, o eso me han dicho centenares de veces. Recuerdo que en una oportunidad un amigo me dijo “¿Cómo puedes ser así? Siempre con una sonrisa en el rostro aunque el mundo se te caiga.” No recuerdo exactamente que le respondí o en que siguió la conversación, pero sé y aseguro que mi larga respuesta se resume en qué la paz me cubre cuando siento que me desmorono, una paz que siempre está ahí, como aquel cuadro de un pajarito que pasaba por un contexto destruido, feo y doloroso. Pero aquel pajarito a pesar de lo que pasaba a su alrededor, estaba tranquilo. Eso es paz, amigos míos. Paz no es que todo este bien, paz es poder tener serenidad y felicidad cuando todo se te viene encima, cuando lo que creías seguro ya no lo tienes, cuando nada es lo que crees que es, cuando crees que todo acabo y que tu vida no tiene sentido. Pero no te confundas, esta paz solo la da Dios.

 
En algún momento de mi vida, me volví cerrada a la amargura y tristeza. ¿Cómo así? Acostumbrándome a pasar lo que me daña por alto, y decir: “¿Qué puedo hacer?” o “No importa”. Acostumbrándome a no compartir cuando algo me duele, si cuando algo me molesta o me alegra. ¿Pero quién es aquí testigo de verme llorar o depresiva? No es lo mío, no lo es. ¿Si lo hago? ¿Si lloro? ¿Si sufro? ¿Si me lamento? ¿Si a veces no puedo más? Esa respuesta solo la sabe Dios y mi soledad.
Un día entendí que mi barco no tiene que hundirse por un problema, por algo que pase. Aunque parezca que sí, aunque no encuentre que hacer, aunque solo pueda sentarme y ver como se desmorona. Aunque suene duro, entendí que mi barco no se hunde ahí. Entendí que soy yo quien decide si rescatarme o no, si dejarme ayudar o no. Entendí que sufrir no me sirve de nada, pero serenarme y seguir adelante me ayuda a superarme. ¿Qué si caigo? Sí. He caído en  circunstancias que me marchitan la alegría y la esperanza, como todos. Pero aun entre lágrimas, aprendí a sonreír. Aun entre lamentos, aprendí a decir: “Todo pasa por algo”. Aun entre suplicas de “por favor”, aprendí que aunque lo pida no se me dará cuando yo quiera. El tiempo de Dios es perfecto.
Mi vida no es perfecta, la de nadie lo es. He pasado por muchos problemas, como todos. He pasado por el desamor, por la desilusión, por la traición de una amistad. He pasado por encontrarme sola sin nada en manos. He pasado por encontrarme en un desierto donde solo un ser me acompaña. He pasado por preguntarme: ¿Dónde están las promesas que me hiciste? He pasado por no poder decir lo que siento y quiero. He pasado por la impotencia y desesperación. No he pasado por muchas cosas de las cuales Dios me guarde y guarde a todos de pasar por ellas. Pero siempre he creído que a todos nos duele lo que nos pase a nosotros, porque todos hemos sufrido y vivido cosas diferente. Tal vez a alguien no le duela que un amigo te falle, pero a mi si me duele y estoy segura que a muchos también. He pasado y seguiré pasando por circunstancias que a veces me hacen sentir que me hundo, y me hundo sola. Sin querer llevarme a nadie conmigo. Pero aun así, he podido decir: “Estoy bien, todo pasara.” Aun así, he podido sonreírle a mi problema, a mi dolor, a mi adversidad y decirle: “Aunque me cueste, puedo contigo, porque Dios me da fuerzas para seguir adelante.” Muchas personas me han preguntado: ¿Cómo puedes hacer eso?.. Tal vez, existan muchas respuestas, tal vez no exista ninguna respuesta. Solo sé que ser feliz aunque todo este mal es mi escudo, es mi paz, es mi fuerza. Y la felicidad me la da Dios.
No pretendo contarte mi vida, no pretendo demostrarme como actuó en las situaciones que se me presentan, solo quería decir que aunque pienses que tu gigante es más grande que el mundo, no te hundas, no te rindas, sonreí, confía y sigue adelante. A la persona que lea esta entrada, solo te quiero decir: Nada es color de rosas, las nubes lloran, hasta el suelo más firme y duro tiembla, los barcos se hunden, el sol se esconde y la oscuridad aparece, pero las estrellas siempre brillan. Aunque muchas veces no podamos verlas, las estrellas siempre están ahí, en cualquier lugar de nuestro extenso cielo brillando en la oscuridad. Tú también puedes ser esa estrella, pero depende de ti, de lo que harás cuando la oscuridad te cubra, cuando el mundo se te desmorone, cuando sientas que no vales nada, que no puedes hacer nada, que todo lo haces mal, cuando sientas lo que sientas o vivas lo que vivas. Recuerda: Eres una estrella, no te apagues. Sé esa estrella que brilla en la oscuridad. Así como una sonrisa en la adversidad.

No hay comentarios:

Publicar un comentario